viernes, 21 de septiembre de 2007

Las trascendencias de Ricardo Morales

“Busco la luz, lo lumínico, porque amo la sombra”: esta expresión podría ser lo esencial de las declaraciones de Ricardo Morales (nacido en 1950, y hoy en plena y madura producción ) en torno a su intenso quehacer artístico. Cierto: en su hermenéutica creadora, llena de desgarramiento y lucha permanente con la materia y lo matérico propiamente dicho, se ha propuesto develar y revelar la chispa, la hoguera, la luz que surge solo después de un largo trato con las sombras. Su vocación decidida por el tenebrismo lo ha llevado últimamente a una exploración más profunda y rotunda de lo abstracto, aunque su pintura no se corresponda exactamente con ese concepto, debido a sus reminiscencias clásicas , a cierto sentido de la composición constructivista y a la atmósfera surreal de su anterior pintura, ya señalada por Franz Galich, en un escrito de 1998: “Su pintura crea y recrea esa otra realidad que solo puede ser captada por el ojo ciclópeo , que ha visto más allá de lo que es el ojo. Percepción suprarreal. Pariente del surrealismo , sin llegar a serlo, pues se sigue sirviendo del bagaje naturalista y académico”.
De una etapa que podríamos llamar figurativa o más bien, neofigurativa , poblada de ángeles (eróticos, dantescos, esplendorosos, adheridos a la luz arrancada, a base de cuchillo y espátula , a la materia),desnudos espectrales en procesión que no saben de donde vienen ni a donde van, rostros pugnando por su definición espiritual, objetos , frutas en mutación, Morales , desde hace algunos años está experimentando en el abstraccionismo, sin ser reductible a éste, pues su mundo oculto, su realidad interior, no cabe en la frialdad mental de la abstracción. Demasiado apasionado, demasiado ensimismado en las obsesiones interiores del alma humana para ser un abstracto puro. Demasiado inclinado para dentro.
En estas trascendencias , Morales, asistido por su dominio técnico de la veladura y el frottage, prescinde de la figura real , de la figura estética y estetizante que va del Renacimiento al Naturalismo y al Neoclasicismo. Prescinde incluso de la figura humana, porque cree que el hombre es el principal responsable de la actual destrucción de la tierra. Su sentido de la culpabilidad introduce esa ausencia, ese vacío de lo humano que es sustituido por un universo reptante , un universo sofocante y oscuro (acuchillado, sí, por ráfagas, ventanillas, culebras o culebrillas de luz). Un universo esencialmente terráqueo, antes o después del hombre, poblado por seres larvarios o mutantes arrastrándose sobre la superficie de la tierra o sobre indefinidas y sórdidas estructuras metálicas: insectos enormes sin forma definida con aberturas siniestras (celdas, celdillas, rejas, hendiduras, muñones que luchan por surgir para iniciar la vida), pegajosos moluscos, babosas, caracoles cuya circularidad lenta y reptante es como el reflejo de un universo en expansión, animales de pesadas pesadillas en mutación fagocitante, vísceras fetales, masas amorfas en donde la técnica de la veladura insinúa a veces un rostro, un ojo que intenta ver. Asombran, inquietan estas contundentes estructuras internas de Morales, encendidas por unos admirables rojos cadmios que contrastan con la proliferación del ocre y otras tonalidades oscuras , ademas del tratamiento crispado del acrílico sobre la tela y sus diversas veladuras. Un mundo a duras penas movedizo que no acaba de brindar sus claves: corazas, celdas, insinuaciones de torres almenadas.
Ricardo Morales, en estos últimos cuadros , se inspira en el fenómeno del recalentamiento de la Tierra. Una realidad ya observada por científicos y videntes que podría hacer desaparecer toda forma de vida. De ahí el carácter plutónico de su visión pictórica, su espíritu verticalmente infernal, porque él parte de una auscultación de lo que hay , de lo que crepita y tiembla bajo las capas de la superficie terrestre. Una pintura, pues, imantadora, atemporal, más allá de la contingencia humana e histórica, atenta más a las edades geológicas de la Tierra y sus paisajes desolados, llenos de fisuras y erupciones, que a las corrientes refrescantes del agua y el aire.