viernes, 21 de septiembre de 2007

Otto Aguilar: El cuerpo fragmentado




En un artículo escrito sobre Héctor Avellán, hablaba yo de “transexualización o de mundo transexualizado” al referirme a las ilustraciones de Otto Aguilar a un libro de ese poeta. En efecto, hay en este joven artista nicaragüense, residente actualmente en Berkeley, una auténtica mística del sexo, como la de un D.H. Lawrence en la creación literaria. No una mística nebulosa, celestial, de ultratumba o de trasmundo. No, no una mística para beatos o para la contemplación. Aguilar, artista duro, artista audaz e infatigablemente experimentador, exige del espectador una mirada activa,sin censura, cómplice, un involucramiento en las búsqueda y propuestas del cuadro .

Utilizando diversas técnicas de la plástica moderna, y asistido por una notable fuerza conceptual, demuestra un gusto especial por las composiciones formales, tal como lo ha señalado Luis Morales Alonso en su nota a la exposición de su serie de planchas, celebrada en julio de 2005 en la Galería Añil. Estamos frente a un artista que sabe bien lo que quiere y está dotado de la voluntad de estilo para hacerlo. Un artista que, pese a su escasa edad, va quemando etapas, desde el punto de vista estilístico y compositivo, pero que siempre está poniendo la llaga en donde la puso por primera vez: en el misterio del cuerpo siempre tocado pero intocado. Como diría Novalis, ese filósofo que concebía la poesía como lo Real Absoluto: “Tocar un cuerpo es tocar el cielo...”. Buscar siempre el cuerpo y no lograrlo, quedarse siempre en la inasibilidad del Ser.

Como todo explorador sin límites de la figura y del objeto sexual , Aguilar se concentra en el fragmento, en el fragmento o los fragmentos del desnudo, sobre todo el masculino. La visión del fragmento funciona como una metáfora de la deshumanización, de la desolación y de la soledad del ser humano. Tiene ilustres precedentes su arte: Bacon, por ejemplo, y sus cuerpos desollados vistos como en una carnicería.

Hay una especie de culto al músculo que nada tiene que ver, pese a las masas carnales, con el canon estético occidental de ascendencia grecolatina. Se trata del cuerpo caído de la teología luciferina. Cuerpo de extremidades indefinidas que no conecta con nadie , como sí lo hace Miguel Angel en su mural de la Capilla Sixtina, sino con la ausencia, la ausencia del rostro, la ausencia de los ojos, la ausencia del habla. ¿A quién o a quiénes abrazan esos cuerpos? ¿A sí mismos, a su fantasma? Cuerpos de corredores sin cabeza, con las extremidades superiores sostenidas por gasas. Cuerpos unidos como por un torniquete. Cuerpos a veces girando en franjas o cintillos de movimiento ascendente.

Además , cultiva también una pintura más tenue y más tierna como “Pasión en rojo”, en donde en un ámbito de claroscuro y de sombras una pareja desnuda se besa, iluminando el pintor las partes sexuales. “Bailarina en su ocaso”, cuadro expuesto en la Galería de Hugo Palma Ibarra en Diciembre de 2004, caracterizado por una estructura volumétrica. Una mujer de traje rosado azulenco contemplando el horizonte. Figuras-llamaradas elaboradas a base de franjas ondeantes verdes, rosadas, sepias.

Asimismo, siguiendo su diversidad estilística, logra unos impresionantes desnudos arlequinescos de una gran sobriedad, reflejando las sombras del temor, la culpa, el dolor y el ensueño en los rostros.

Las planchas de Otto Aguilar (que él denomina “Planchas de la Inquisición”) conforman un conjunto de unidad temática y de estilo que es, evidentemente, de lo mejor que tiene dentro de su trabajo artístico denunciador y disidente. La plancha, ese instrumento para alisar la ropa, ha sido escogido por Aguilar para acentuar la imagen de la tortura generalizada en nuestro tiempo incierto. La superficie de la plancha, instrumento también de quemazón del cuerpo humano , le sirve para representar los brazos y pies descalzos de la marginalidad postmoderna, los roces y hendiduras eróticas de la carne, vista a veces a través de los bordes del deseo, en su maceración o en sus posiciones fetales. Un universo cerrado. El desnudo sin alcanzar su definición ni mucho menos su plenitud. Refractario a toda estética del desnudo clásico, Aguilar ubica su arte en los infiernos reales e imaginarios contemporáneos para encontrar lo Nuevo.